Al terminar
la Campaña Libertadora, el General José Francisco de
San Martín se desterró voluntariamente en el viejo mundo.
En compañía de su Hija MERCEDES TOMASA viajó
a Inglaterra y luego a Bélgica, fijando su residencia en la
Ciudad de Bruselas, en uno de cuyos colegios inscribió como
interna a la pequeña.
Fue entonces (1825) que el Libertador redactó para ella estas
Máximas, que hoy constituyen un elemento insustituible en todo
plan de educación para la juventud.
1.°-
Humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los
insectos que no perjudican. Stern ha dicho a una Mosca abriéndole
la ventana para que saliese: Anda, pobre Animal, el Mundo es demasiado
grande para nosotros dos.
Cada persona
tiene su modo de ser, su manera de accionar, su forma de proyectarse
hacia los demás. Ello determina la personalidad, y a la personalidad
la particulariza el carácter. En el justo equilibrio de estas
cosas va implícito la expresión del carácter.
Pero ese carácter debe ser llevado, con tacto y pulcritud,
hacia la convivencia armónica, hacia formas adecuadas que esa
convivencia impone. Su humanización habrá de permitir
una leal proyección hacia los demás; tendrá que
mostrar el gesto franco, la mano cordial que acerque y abra las puertas
del espíritu, en una amplia actitud de solidaridad humana.
La sensibilidad hará que cada uno sea capaz de sentir como
propio el sentir y el vivir de sus semejantes. En esa humanización
estará encerrada la intención cristiana de “amáos
los unos a los otros”. Porque si es la voz de la conciencia
es la voz de Dios. La invitación de Stern a una mosca, es el
retrato nítido de quien tuvo siempre, como acción y
fin, la libertad, pasión permanente de nuestro Libertador.
También es cierto que todo cabe en el mundo cuando se abre
el espíritu y, si quedara alguna brecha, recordemos el consejo
de Amado Nervo: “si hay un hueco en tu vida –llénalo
de amor”–. Humanizar y sensibilizar el carácter
es también, concretar una actitud franca de leal convivencia
y de comprensión limpia de quienes nos rodean y comparten nuestro
quehacer.
2°.-
Inspriarla amor a la verdad, y odio a la mentira.
Cuánto
camino allando; cuánta puerta abierta; cuánta mano caliente
de afecto y cuánto ánimo dispuesto, podemos encontrar
en el culto austero y en la práctica del amor a la verdad.
Deformarla, negarla, ocultarla, son las maneras de vivir empeñecidos,
lastimados espiritualmente, empobrecidos, despreciados. Sólo
sobre y con la verdad es posible construir un mundo mejor, en la concreción
de una vida digna. Los débiles estiman que no es fácil
practicarla; claro, es necesario el permanente ejercicio de la misma.
En su vigencia, en su permanencia, está implícito el
odio a la mentira, que es siempre falaz, dañina, medrosa, pequeña.
Si la verdad libera, la mentira somete y castiga. El espíritu
libre usa siempre la verdad, ya que es ella la razón de su
libertad; con la mentira van la debilidad, la sordidez, la estulticia.
Cuando Carlyle nos recuerda que “dondequiera encuentres una
mentira, acaba con ella”, otro filósofo nos impone: “Atrévete
a ser veraz; jamás hay algo que necesite una mentira”.
Encierra esta máxima una constante de su vida: soportó
ingratitudes, sobrellevó mortificaciones de toda índole,
vivió todos los sacrificios, disimuló con cristiana
generosidad todas las ajenas debilidades, pero sus labios no conocieron
nunca la pequeñez de la mentira. Fue su verdad plena, como
fue plena su vida de claridad ejemplar. Y, como cabal filósolo,
también su alma se llenó de luces, recordando que era
verdad aquello de que “iréis a la verdad por la poesía
y yo llego a la poesía por la verdad”.
3°.-
Inspirarla una gran Confianza y Amistad pero uniendo el respeto.
La
fuerza motora de toda acción radica en la confianza con que
ella se afronta. De por si esta condición significa fuerza
de ánimo, firmeza de realización, capacidad de acción.
La confianza, diríamos, es nervio y motor de todas nuestras
mejores realizaciones. Es que actúa no sólo como impulso
sino también como consecuencia; consecuencia de decisiones
y decisión de consecuencias. Aptitud que indica firmeza interior,
voluntad indeclinable. Es la mano que nos lleva, decididamente, a
actuar sin inhibiciones, con plena conciencia de firme responsabilidad.
“La amistad es el alma de
dos cuerpos”, dijo Diógenes. Esto encierra una indudable
verdad, una profunda verdad. La amistad es el lazo de unión
de sentimientos vertebrados en una seria similitud de pareceres,
la elevación de mirar en la misma proyección de intenciones;
es “el amor sin sexo” de dos cuerpos que comparten un
alma; el lazo capaz de unir en una amplia conjunción, dos
modos de sentir, en un mismo sentimiento. En esta consubstanciación
de espíritus en una misma vibración. Confianza para
hacer; respeto para merecer y amistad para ser.
Es cierto pues que la amistad une en el respeto
y la confianza, es la fuerza que impele a la acción.
4°.-
Estimular en Mercedes la Caridad con los Pobres.
De profunda
esencia cristiana, esta máxima encierra no sólo un consejo
sino también una filosofía normativa. Si bien la caridad
es el gesto generoso trasladado en silencio con una alta porción
de amor, con el límite de sobriedad y austeridad que su expresión
impone, no es menos cierto que ella es, para quien la recibe, la actitud
que llega a tiempo, calladamente, para paliar una necesidad, para
ahorrar un dolor o para disimular una mortificación. La caridad
es la actitud hacia nuestros semejantes, de nuestra comprensión
y nuestra solidaridad. Es, asimismo, el mandato divino que nos congracia
con Dios y con nuestro espíritu, en la medida que sepamos llevarla
con modestia, sin exhibicionismos. Porque la dimensión real
de la caridad va implícita en la prudencia de su administración
y en el calor de su entrega. Porque el pobre, el necesitado, aquel
que llama a nuestra caridad, es sensible en grado sumo, el gesto amistoso,
a la franqueza de intención y de realización. ¡Demasiado
castigo la pobreza!. Por eso la caridad es la voluntad divina que
transita por nuestras manos para llegar el alma doliente y acercarle
luz; la luz de la bondad; la bondad del amor. Conocía muy bien
San Martín, porque lo había medido en su real medida,
cuánto y cómo sufren los pobres. Y, si bien, él
mismo lo era de bienes materiales, cuánta riqueza guardaba
su alma; cuánto amor dispensado con generosa prodigalidad.
El antiguo
refrán “cada uno en su casa y Dios en la de todos”,
expresa fehacientemente el sentido normativo de esta máxima.
El límite físico de la ajena propiedad termina, bien
sabemos, donde comienza la nuestra. La leyes determinan sus reglas
y sanciones cuando vulneramos, o pretendemos vulnerar la cosa que
no es propia. Tiene además, un sentido trascendente. Su expresión
señala claramente que la “propiedad”, cualquiera
que ella sea y de cualquier naturaleza, nos impone una forma de conducta
que nace en el respeto para encaminarse hacia la rectitud. Lo que
es de nuestros semejantes puede ser nuestro, o viceversa. Claro que
la observación de normas prefijadas y su cumplimiento, hacen
a la leal convivencia. Va en ella también la filosofía
cristiana que abre posibilidad en el respeto, la solidaridad y la
observancia franca del amor al prójimo, cuando nos recuerda
que es menester amar a ese prójimo como a uno mismo.
El secreto
es una avispa que aguijonea siempre nuestra humana debilidad. La fuerza
que da carácter y fortaleza al ánimo es necesaria. Será
secreto en la medida que seamos capaces de guardar y respetar. Es,
por otra parte, una realidad que tiene forma y fin; que está
y que vive; que nos cerca y nos impele; es siempre el acicate que
pretende romper las débiles paredes de nuestra humana condición.
Claro que hay en su observancia una sólida disciplina y una
real vocación de ser fuertes. De ser inexpugnables. San Martín
daba al secreto un valor positivo y exigía en su observancia
plena firmeza. Fue inflexible en su disciplina y supo hacer, de y
en sus hombres, un culto del secreto y su expresión. Cuando
señalaba que ni su almohada debía conocer secretos,
imponía a su conducta la rigidez de su cumplimiento. Cuánto
secreto guardó su vida. Cuándo perdón dio su
generosidad. El secreto fue, en muchas ocasiones, la vía del
olvido que se impuso para olvidar inconcusas. Saber guardar un secreto es ser depositario
de una confianza. Y quien defrauda esa confianza es un ser despreciable.
7°.-
Inspirarla sentimientos de Indulgencia hacia todas las Religiones.
El
Divino Maestro nos enseñó que es necesario “amarnos
los unos a los otros”. Ese mandato encierra una hermosa lección
de convivencia y de generosa apertura espiritual. En la entrega de
amor que queramos y sepamos realizar, está la evidencia no
menos bella de la tolerancia y de la comprensión. Si éste
es mi Dios y señalo con el signo de la cruz mi creencia, mi
fe, mi silosofía, todo ello está dictando el comportamiento
adecuado, para quequepan en esa premisas, toda la medida necesaria
para aceptar las otras creencias. Juan XXIII, el Papa Bueno, abrió
las compuertas de esa indulgencia, de esa tolerancia hacia nuestros
semejantes. Porque la indulgencia es generosidad, y porque todos cabemos
en el reino de Dios y queremos ser aceptados en el convite inefable
de una fe y de una verdad. Porque nos ha colocado en el alma un amor
infinito para ser mejores; en los labios, las palabras para la dulzura
y la bondad; en los ojos, la luz que ilumina los senderos de la vida,
mientras marchamos, serenamente, hacia los límites de los días,
con la esperanza de haber sido buenos o con el dolor de no haber sabido
serlo.
Casi todas las religiones procuran hacer del hombre algo mejor, y
si posible fuere, “a imágen y semejanza de Dios”.
Que en eso se fundan todas las filosofías.
San Martín procuraba estimular en su hija, los mismos sentimientos
que conformaron todos los actos de su vida, y a que ellos se fundaban
en su inestimable amplitud de espíritu. Y por cierto que su
hija fue fiel heredera de su mandato y digna depositaria de su fe.
La
fuerza de la dulzura es tal, que es superior a cualquiera otra. Pero
esa dulzura no será debilidad, complacencia inocua. Es indudable
que la dulzura es de por sí un acto de generosidad; es la ternura
del gesto, como que es también el gesto tierno. Es el calor
de la mano. Es la voz de la tolerancia. Es la fuerza de la fe. Es
la verdad del amor. ¿Cómo se sienten aquellos con quienes
la vida fue avara en sus dones?. Si pobre, saben sufrir en silencioso
pesar, la menguada porción que les ha correspondido. Si ancianos,
contemplando el tiempo ido, irremisiblemente pasado, sin otra posibilidad
de añorarlo. Pero bien lo dice el sabio: “Hacer misericordia
y justicia es más agradable al Señor que sacrificio”.
Comprender a quienes nos sirven y ser dulces y generosos en su trato,
es la manera más directa y fácil de lograr su colaboración
y solidaridad. Es actitud cristiana, además. Asistir a los
pobres de bienes materiales o de espíritu, es siempre obra
de caridad. Pero de una caridad distinta en su esencia y en su forma.
Es la caridad que llega a los corazones como una tenue y suave ternura;
es la caridad del amor que, comprendiendo a la criatura que recibe,
la respeta y la exalta. Es la caridad de Dios, sencilla en su expresión,
generosa en el gesto, amplia en su concreción.
¿Cómo iba a olvidar San Martín a los criados,
a los pobres y a los viejos, si su espíritu estuvo volcado
siempre en el amor al prójimo, en la bondad y en la tolerancia?.
¿Cómo no recordarle a su Niña, si ella tendría
que ser, andando el tiempo, la mejor expresión de sus sentimientos,
la más cabal depositaria de su generosa filosofía?.
Responde, por otra parte, a su positiva formación cristiana.
“Cuando
tu hables, tus palabras deben ser mejores que tu silencio”,
sentencia un antiguo proverbio árabe. Si es cierto que somos
prisioneros de nuestras palabras, esclavos de su expresión,
también es cierto que ellas deben ser el resultado de una actitud
consciente y de un examen prolijo y eficiente. Pitágoras nos
aconseja que no hablemos con exceso para no enredarnos y tropezar.
Ellas serán movidas por la certeza, la cordura y la verdad.
No es la restricción del pensamiento y su transmisión
a través de la palabra; es la concreción de la mesura,
del equilibrio y de la verdad. Producto de la ecuanimidad y resultante
de una circunstancia real y positiva. Al indicar “que hable
poco y lo preciso”, determina que la sobriedad debe ser el cauce
por donde transiten la convicción y la verdad. “Lo preciso”
es justamente eso: el pensamiento claro, expresado con el lenguaje
apropiado, ceñido a la estrictez de la idea. Es que siempre
se debe decir lo necesario con lo necesario.
No parece
la expresión de un tiempo fenecido, esta Máxima. Porque
es que se ha olvidado o equivocado la orientación de los jóvenes
en la observancia de reglas sencillas y simples de convivencia. Costumbres
olvidadas equivocadamente. Es necesario, impostergable, retomar la
frecuentación de los buenos modales y de las sanas costumbres.
Si de cierta manera se ha roto la cotidianidad austera, es menester
tenerla en cuenta, frecuentarla. Nada hace más agradable a
una persona que los modales correctos, la manera de acercarse a la
vida en sociedad. El comportamiento lleva en si un sello de distinción
y el reflejo de la crianza. Su aplicación es el modo de enseñar
las pautas que deben regir todos los instantes, que deben ordenar
la vida de los niños y mostrarla condición de los adultos.
Qué hermosa manera de advertir cómo ha sido su escuela
hogareña y su posterior vida de adulto. Cuánto buen
fruto recogido; se advierten las instancias de austeridad que condujeron
su existencia. Porque si el tiempo decanta cosas, no modifica crianzas.
El
aseo no es solo el cuidado exterior, la higiene personal, la pulcritud
en el vestir; es la adecuación del individuo a una seria y
correcta manera de presentarse y de ser. Y es mucha más. El
aseo, es por sobre todo, una severa instancia interior; es la adecuación
espiritual a un concepto vital; es el ánimo solidario de respeto
a los demás y hacia sí mismo. Es la actitud que valora,
valorándose. Cuidar el aseo y amarlo, es amar lo bueno y lo
puro, lo limpio y lo estricto; en ese amor se confunden “genio
y figura”, en la totalización evidente de una manera
de vivir, en el que se expresan modos de ser; en el que se señalan
formas reales y concretas, objetivas y subjetivas. Cada individuo
muestra qué es.
¿Cómo no iba a aconsejar San Martín el desprecio
al lujo?. ¿Es posible encontrar, acaso, entre los grandes hombres
que hicieron la historia de la humanidad, triunfantes y vencedores,
un ejemplo más rotundo de austeridad, sencillez, humildad y
modestia?. No es una mera instancia hacia una actitud: es la resultante
de una indeclinable norma de su vida, de una conducta de sobriedad
ejemplar, el perfil exacto de su personalidad. Es nada más,
y nada menos, que la moral forjada en su hogar cristiano, en su actitud
de creyente; porque en la grandeza de Dios, se encierran, siempre,
la sencillez y la modestia.
12°.-Inspirarla
amor por la Patria y por la libertad.
Tiempo después
que San Martín uniera en sus pensamientos las ideas de Patria
y Libertad, un escritor argentino decía que “la Patria
es la Libertad, pues donde no hay libertad no existe la Patria”.
Pero, ¿qué es la Patria?. Joaquín V. González
nos dice: “La Patria es una región superior donde se
conforman todos los corazones, se hermanan todos los ideales, se combinan
todas las fuerzas, se funden y convierten en afectos benévolos
todos los rencores que la lucha por la vida enciende entre los hijos
de un mismo hogar nacional”. ¡Cuánta produndidad
tiene su sentido!. Es que la Patria no es sólo el límite
físico, el suelo sobre el que se escribió su historia;
sus hombres que, de una u otra manera, aportaron su caudal de pensamientos,
de energía, de acción; la alta significación
de sus símbolos; los amaneceres encantados de luz sobre su
cielo y los atardeceres profundizados de silencios; la labor de sus
hijos en todas las disciplinas; la duda y la certeza; el recuerdo
y el presente; la alegría y la angustia; el dolor y la risa;
la esperanza y el amor, en Dios y para Dios; para sentirla como una
madre y vivirla como una realidad. Para que nos llene el alma de luz
y con esa luz, no perder el rumbo; y, por sobre todo, merecerla. En
Libertad. Con Libertad. Porque la libertad no es un bien que se hereda
sino condición que se merece; no es una regalía, sino
una responsabilidad. Es cierto que sin libertad no existe la patria,
porque aquella le acerca a ésta la esencia fundamental del
hombre y la condición natural de su vida.
Inspirarla amor por la patria es ponerla en el sendero embellecido
de una alta y fecunda pasión, es ponerla en el alma la gracia
de un sueño y en el corazón la semilla de una gracia.
Es elevarla hacia la suprema venturanza del ser bien nacido, y hacer
asimismo, que se sienta orgullosa de su herencia y merecedora de su
protección. Amor por la libertad, porque de ese amor, profundo,
sincero, sereno, íntegro, iluminado de verdad y enorgullecido
de historia, tendrá la vida su sentido trascendente y esa trascendencia
hará que se sienta orgullosa de una fe inquebrantable. Porque
en el amor por la Patria y la Libertad se funden, íntegramente,
el pasado y el presente de una historia que hace de sus hijos y para
sus hijos el eterno sueño de que la criatura humana sea, verdadera
y realmente, la imagen y semejanza de Dios.
En esta
intención que acerca el General San Martín para la educación
de Mercedes Tomasa, va la esencia substancial de su obra y la fuerza
vital de sus sueños. Que nos ha dejado para nuestro orgullo.
Y que sabremos custodiarla con firme y amorosa responsabilidad.