Mi
corazón se va encalleciendo a los tiros de la maledicencia,
y para ser insensible a ellos me he aferrado con aquella sabia máxima
de Epicteto: "Si l’on dit mal de toi et qu’il soit
véritable, corrige-toi: si cesont des mensonges, ris en".
Estoy convencido, que la pasión
del mando es en lo general lo que con más imperio domina
al hombre.
Los hombres no viven de ilusiones
sino de hechos.
La calumnia, como todos los crímenes,
no es sino obra de la ignorancia y del discernimiento pervertido.
No he tenido más ambición
que la de merecer el odio de la ignorancia y del discernimiento
pervertido.
No he tenido más ambición
que la de merecer el odio de los ingratos y el aprecio de los hombres
virtuosos.
El camino más seguro de llegar
a la cabeza es empezar por el corazón.
El hombre bajo todo gobierno será
el mismo, es decir, con las mismas pasiones y debilidades.
Los hombres distamos de opinión
como de fisonomías, y mi conducta, en el tiempo en que fui
hombre público, no pudo haber sido satisfactoria a todos.
No en los hombres es donde debe
esperarse el término de nuestros males: el mal está
en las instituciones.
He mirado a mis enemigos con indiferencia
o desprecio, mas me ha sido imposible tener igual filosofía
con los que he conceptuado ser mis amigos.
En cuanto a mi conducta pública,
mis compatriotas, como en lo general de las cosas, dividirán
sus opiniones; los hijos de éstos darán el verdadero
fallo.
La ilustración y fomento
de las letras son las llaves maestras que abren las puertas de la
abundancia y hacen felices a los pueblos.
Ser feliz es imposible, presenciando
los males que afligen a la desgraciada América.
Yo no puedo ser sino un instrumento
accidental de la justicia y un agente del destino.
El objeto de la guerra es el de
conservar y facilitar el aumento de la fortuna de todo hombre pacífico
y honrado.
Ningún sacrificio ha sido
grande para mi corazón, porque aún el esplendor de
la victoria es una ventaja subalterna para quien sólo suspira
por el bien de los pueblos.
Los sucesos más brillantes
de la guerra, y las empresas más gloriosas del genio de los
hombres, no harían más que excitar en los pueblos
un sentimiento de admiración mezclado de zozobra, si no entreviesen
por término de todas ellas la mejora de sus instituciones,
y la indemnización de sus sacrificios.
Mi nombre es ya bastante célebre
para que yo lo manche con la infracción de mis promesas.
Buscaré en el retiro el seno
de la paz, y en cada día que abrace a un viejo soldado del
Ejército Libertador, recibiré la más dulce
recompensa de todos mis trabajos.
El nombre del general San Martín
ha sido más considerado por los enemigos de la independencia,
que por mucho de los americanos a quienes ha arrancado las viles
cadenas que arrastraban.
Mi juventud fue sacrificada al servicio
de los españoles, mi edad media al de mi patria, creo que
tengo derecho de disponer de mi vejez.
No esperemos recompensa de nuestras
fatigas y desvelos, y sí sólo enemigos: cuando no
existamos, nos harán justicia.
Declaro no deber, ni haber jamás
debido nada a nadie.
El que se ahoga no repara en lo
que se agarra.
Cuando uno considera que tanta sangre
y sacrificios no han sido empleados sino para perpetuar el desorden
y la anarquía, se llena el alma del más cruel desconsuelo.
Los hombres en general juzgan de
lo pasado según su verdadera justicia, y de lo presente según
sus intereses.
Un solo caso podría llegar
en que yo desconfiase de la salud del país, esto es, cuando
viese una casi absoluta mayoría en él por someterse,
otra vez, al yugo de los españoles.
Las consecuencias más frecuentes
de la anarquía son las de producir un tirano.
De los tres tercios de habitantes
de que se compone el mundo, dos y medio son necios y el resto pícaros,
con muy poca excepción de hombres de bien.
He tenido la desgracia de ser hombre
público.
La conciencia es el mejor y más
imparcial juez que tiene el hombre de bien, pero no para depositar
una confianza que nos pueda ser funesta.
Para un hombre de virtud, he encontrado
dos mil malvados.
La ambición respectiva a
la condición y posición en que se encuentran los hombres,
y hay alcalde de lugar que no se cree inferior a Jorge IV.
En medio de una vida absolutamente
aislada, gozo de una tranquilidad que doce años de revolución
me hacían desear.
En muchas cosas, la dicha no es
un bien real, sino imaginario.
Por regla general los revolucionarios
de profesión son hombres de acción y bullangueros;
por el contrario los hombres de orden no se ponen en evidencia sino
con reserva.
Si algún servicio tiene que
agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima.
No hay bien cumplido en esta vida.
Ya veo el término a mi vida
pública, y voy a tratar de entregar esta pesada carga a manos
seguras, y a retirarme a un rincón a vivir como hombre.
Es necesario tener toda la filosofía
de un Séneca, o la impudicia de un malvado para ser indiferente
a la calumnia.
Serás lo que hay que ser,
si no eres nada.
Si no hay arbitrio de olvidar las
injurias, porque este acto pende de mi memoria, a lo menos he aprendido
a perdonarlas, porque este acto depende de mi corazón.
He estado, estoy y estaré
en la firme convicción de que toda la gratitud que se debe
esperar de los pueblos en revolución, es solamente el que
no sean ingratos.
Para los hombres de coraje se han
hecho las empresas.
Tan injusto es prodigar premios
como negarlos a quien los merece.
Mi mejor amigo, es el que enmienda
mis errores o reprueba mis desaciertos.
César habría hecho
morir al nieto de Pompeyo si no hubiese escuchado un buen consejo.
Al hombre honrado no le es permitido
ser indiferente al sentimiento de la justicia.
Nada suministra una idea para conocer
a los hombres como una revolución.
Más ruido hacen diez hombres
que gritan que cien mil que están callados.