Don
JOSÉ FRANCISCO DE SAN MARTÍN, fue hijo del capitán
Don Juan de San Martín, nacido en Cervatos de la Cueza (Palencia,
España) el 3 de febrero de 1728, y de Doña Gregoria
Matorras del Ser, que vió la luz en Paredes de Nava, dentro
de la misma jurisdicción provincial, el 12 de marzo de 1738.
El Libertador vino al mundo el 25 de febrero de 1778, en el pueblecillo
de YAPEYÚ, capital entonces del departamento del mismo nombre
–uno de los cinco en que fue dividido el gobierno de los antiguos
pueblos guaraníes, organizados con el esfuerzo heroico de
mártires y misioneros– en circunstancias que su padre
ejercía las funciones de teniente de gobernador.
En 1781, la familia del Libertador se encontraba radicada en Buenos
Aires y tres años después emprendía viaje a
España en la fragata Santa Balbina, que arribó al
puerto de Cádiz en la primera quincena de abril de 1784.
San Martín, después de cursar estudios en el Seminario
de Nobles de Madrid, se incorporó en 1789 como cadete en
el Regimiento de Murcia.
Durante su actuación en el ejército de la Madre Patria,
luchó contra los moros en África y después
combatió en Europa, en luchas sostenidas con franceses, ingleses
y portugueses, interviniendo en treinta y una acciones de guerra.
Por su actuación en la famosa batalla de Bailén, donde
fueron batidas las legiones imperiales de Napoleón, fue ascendido
al grado de teniente coronel y condecorado con “Medalla de
Oro”, alto timbre de honor del insigne soldado argentino.
En 1811, obtuvo su retiro del ejército español, y
se trasladó a Londres, pasando luego a Buenos Aires, en cuyo
puerto desembarcó el 9 de marzo de 1812.
La independencia de los pueblos americanos fue la alta misión
que lo retornó al suelo nativo. A poco de su llegada, el
gobierno patrio le confió la organización del primer
escuadrón del que sería después inmortal Regimiento
de Granaderos a Caballo, y con él, tras instruirlo acabadamente
en el manejo de las armas blancas y de fuego, obtuvo su primera
victoria en el “Combate de San Lorenzo”, el 3 de febrero
de 1813.
El general Manuel Belgrano, creador de la bandera argentina, se
hallaba al mando del Ejército del Norte que había
sufrido los reveses de Vilcapugio y Ayohuma y retrocedía
hacia Salta con el propósito de reorganizar sus fuerzas.
En esa circunstancia el Gobierno de Buenos Aires resolvió
enviar una expedición de socorro al mando del coronel José
de San Martín, a quien después confió el mando
del recordado Ejército del Norte al relevar a su jefe el
vencedor de Tucumán y Salta. San Martín asumió
dicha jefatura el 29 de enero de 1814 en la gloriosa ciudad de Tucumán,
donde estableció sus cuarteles.
El hijo de Yapeyú de inmediato se dedicó a reorganizar
y disciplinar el Ejército, de acuerdo con sus amplios conocimientos
militares. Se hallaba dedicado a esa ejemplar tarea, cuando debido
a la enfermedad que padecía se vio obligado a solicitar licencia,
que al serle concedida, se dirigió a Córdoba con el
propósito de recuperar su salud.
Hallándose en Tucumán, fue donde San Martín
planeó su genial y proyecto de cruzar los Andes y dar la
libertad a Chile y el Perú.
Siendo después gobernador intendente de Cuyo, comenzó
la preparación del Ejército de los Andes.
Cuando las fuerzas estaban en el campo de instrucción establecido
en Plumerillo, solía visitar la ciudad de Mendoza, a la que
se trasladaba montando “un caballo negro, rabón, de
trote largo”. Su vestimenta era muy sencilla –escribió
Damián Hudson– pues usaba “pantalón de
punto de lana, azul, ajustado a la pierna, bota granadera, un largo
sobretodo de paño del mismo color de invierno, casaca larga
de igual tela en verano, con botones de metal dorado, corbatín
de seda o de cuero charolado, sombrero militar forrado en hule”.
Concluida la preparación del Ejército de los Andes,
entre cuyos jefes principales figuraba el patriota chileno Don Bernardo
O’Higgins, cruzó los Andes, valla que parecía
insalvable para un ejército en campaña, y batió
en Chacabuco el 12 de febrero de 1817 al ejército realista,
restableciendo con esa victoria la libertad de Chile.
Reunida en Santiago, tres días más tarde, una representación
de hombres notables, designó al Libertador para que fuera
su gobernante. San Martín declinó ese honor, y entonces
fue nombrado para regir los destinos del país hermano, con
el título de Director Supremo, el brigadier Don Bernardo
O’Higgins. Al asumir el cargo, el patriota chileno expidió
a su pueblo una proclama en la que dejaba constancia de que “los
hijos de las Provincias del Río de la Plata, de esa nación
que ha proclamado su independencia como fruto precioso de su constancia
y patriotismo, acaban de recuperaros la libertad”.
La reacción de los realistas no se hizo esperar, logrando
sorprender a los patriotas en Cancha Rayada, pero el 5 de abril
de 1818 eran nuevamente batidos por San Martín en la “Batalla
de Maipú”. Esta victoria tuvo enorme importancia, no
sólo militar sino también política, por su
gran repercusión en todo el continente, llevando esperanzas
a los pueblos dominados y causando a la vez halagüeños
augurios, por sus derivaciones en la política europea.
Con motivo de la victoria de Chacabuco, el Cabildo de Santiago de
Chile obsequió al general San Martín la suma de diez
mil pesos, y el prócer, al declinarla, solicitó al
mismo cuerpo que la destinara a fundar una biblioteca nacional,
para que el pueblo, decía en una nota, “se ilustre
en los sagrados derechos que forman la esencia de los hombres libres”.
Lograda la independencia de Chile, inició la organización
del Ejército Libertador del Perú, integrado por tropas
argentinas y chilenas, con el que se trasladaría a Pisco.
Desembarcó en la bahía de Paracas el 7 de septiembre
de 1820, anunciando a los peruanos que se había llegado la
hora de su liberación. En ese punto inició su campaña,
coronada con su entrada en Lima el 10 de julio de 1821, que hizo
de incógnito en el atardecer de dicho día, para no
quebrar la modestia y austeridad con que siempre rigió su
extraordinaria existencia.
El 28 de ese mes, en la Plaza Mayor de Lima, proclamó la
independencia peruana.
Ejerció funciones de gobierno con el título de Protector
de la Libertad del Perú, y creó la bandera y el himno;
fundó luego la Escuela Normal y la Biblioteca Nacional, a
la que donó sus libros; decretó la libertad de los
negros nacidos de padres esclavos después de declararse independiente
el Perú y extinguió los tributos que pagaban los indígenas.
Además inició la primera escuadra peruana y constituyó
su ejército.
Después de entrevistarse en Guayaquil con el Libertador general
Don Simón Bolívar, prefirió abandonar el campo
de la gloria con un renunciamiento ejemplar, antes que claudicar
en sus principios de Libertador de Pueblos. Una vez en Lima, convocó
al Congreso Nacional y ante él renunció sus poderes.
En esa ocasión pronunció un discurso lleno de altos
principios y digno de su talla heroica, que concluía con
estas palabras: “Desde este momento queda instalado el congreso
soberano y el pueblo reasume el poder supremo en todas sus partes”.
En seguida abandonó la sala
del congreso para trasladarse a su quinta de la Magdalena, con el
propósito de descansar unas horas, antes de emprender el
viaje de retorno a Chile, como tenía proyectado. Allí
fue a visitarle una comisión integrada por varios diputados,
que iba a ofrecerle, entre otros honores y títulos, los de
generalísimo y fundador de la libertad del Perú, que
San Martín aceptó únicamente en lo que expresaba
de honorífico, pero no en cuanto al amplio poder que tenía
su ejercicio.
En la madrugada del siguiente día –21 de setiembre
de 1822– embarcó el Libertador, aureolado por la grandeza
de su alma, con destino a Valparaíso. Después de detenerse
en las cercanías de Santiago para curarse de una grave enfermedad
que padeció, se dirigió a Mendoza, donde arribó
en los primeros días de febrero de 1823 y en donde permaneció
algún tiempo. Allí recibió la noticia de la
muerte de su esposa, Doña María de los Remedios de
Escalada, cuyo deceso se produjo en Buenos Aires el 3 de agosto.
Quedaba huérfana de las caricias maternales su hijita Mercedes,
nacida el 24 de agosto de 1816.
Al promediar el 4 de diciembre de 1823, llegó San Martín
a Buenos Aires y fue a hospedarse por unos días en una quinta
de los familiares de su esposa, de donde retornó a la ciudad
para visitar a las autoridades gubernamentales que le retribuyeron
la cortesía. Un ambiente de hostilidad comenzó a crearse
en torno de su persona, y le atribuían los proyectos más
absurdos.
Con el propósito manifiesto de dar a su hija una educación
esmerada, resolvió trasladarse a Europa. De este modo conseguía
alejarse también del molesto ambiente que le habían
creado algunos ingratos en Buenos Aires.
El Libertador y su hijita Mercedes, el 11 de febrero de 1824, emprendieron
viaje en dirección al Havre.
Durante el tiempo que permaneció en el viejo mundo, visitó
diversos países. La ciudad de Banff (Escocia), lo distinguió
con el título de ciudadano libre de dicha población.
A fines de 1828, emprendió regreso a la Patria y arribó
a Buenos Aires el 6 de febrero del año siguiente, pero, dado
el clima político que reinaba en el país, se trasladó
sin pisar suelo argentino, a Montevideo, de donde, por las mismas
razones, resolvió alejarse también, esta vez rumbo
a Europa.
En el destierro que voluntariamente se impuso, añoraba siempre
la Patria lejana, por la que continuó trabajando para asegurar
su independencia.
Durante algún tiempo permaneció en Bruselas, ciudad
que le permitía sobrellevar con decoro su existencia, debido
a los escasos recursos de que podía disponer entonces.
A comienzos de 1831 pasó a Francia. En este país frecuentó
el trato de un antiguo compañero de armas, el entonces famoso
banquero español Don Alejandro María de Aguado; la
antigua amistad así reanudada se prologó en forma
inalterable hasta el fallecimiento de éste, en 1842.
San Martín adquirió en 1834 la casa de Grand-Bourg,
y allí pasó parte de su existencia en Francia, hasta
que en 1848 debido a la agitación reinante en dicho país,
se trasladó con su familia a Boulogne-Sur-Mer, dispuesto
a pasar a Inglaterra, si la gravedad de los sucesos así lo
aconsejaban.
Desde esa ciudad entabló correspondencia epistolar con el
entonces presidente de la República del Perú, mariscal
Don Ramón Castilla, quien en una de sus cartas lo invitó
a trasladarse a su país, diciéndole: “Con gusto
vería la elección que hiciera usted del Perú
para pasar en él de un modo tranquilo, y en medio de verdaderos
amigos, el último tercio de su vida".
En Boulogne-Sur-Mer, a las tres de la tarde del 17 de agosto de
1850, Don José de San Martín, generalísimo
de la República del Perú y fundador de su Libertad,
capitán general de la de Chile y brigadier general de la
Confederación Argentina –como reza en su testamento–,
entregaba su alma al creador. Se hallaban a su lado, su hija Mercedes,
su yerno Mariano Balcarce, sus nietas Mercedes y Josefa, el representante
de Chile en Francia Francisco Javier Rosales, y el médico
que lo asistiera, Doctor Jordán. Al comunicar el diplomático
chileno a su gobierno la triste noticia, expresó que el Libertador
“acabó sus días con la calma del justo en los
brazos de su afligida y virtuosa familia”.
Años después,
en 1880, los restos de San Martín fueron trasladados a Buenos
Aires, para ser depositados en el mausoleo que se erigió
al efecto en la Catedral; figuras simbólicas que representan
a la Argentina, Chile y Perú, le rinden guardia permanente.
En las breves líneas que anteceden, hemos sintetizado a grandes
rasgos la vida ejemplar de uno de los hombres más extraordinarios,
no sólo de América, sino también de la Humanidad,
por los contornos gigantescos de su figura.
Sólo ambicionó una cosa: la libertad de América.
Por alcanzarla sacrificó todo cuanto tenía en aras
de ese alto principio. Fue en vida glorificado y atacado, pero ni
una ni otra cosa influyeron en la línea que se trazara y
que siguió en forma inmutable, desconcertando con su templanza
a sus enemigos.
Renunció a la gloria y envainó dignamente su corvo,
que nunca fue usado para avasallar naciones, dejando a los pueblos
con plena autodeterminación para elegir sus gobiernos y sus
gobernantes.
La posteridad, a quien San Martín confiaba el juicio de su
vida y de sus acciones, lo proclama, como ha expresado el autor
peruano Mariano Felipe Paz Soldán:
“El más grande de los héroes, el más
virtuoso de los hombres públicos, el más desinteresado
patriota, el más humilde en su grandeza, y a quien el Perú,
Chile y las Provincias Argentinas le deben su vida y su ser político”.
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